Un evento pensado como proyecto de ciudad, no solo de estadio
Uno de los primeros mensajes del comité anfitrión de la Bahía es claro: el Super Bowl LX se concibe como un evento regional, que activa desde San Francisco hasta San José, no solo los alrededores del Levi’s Stadium. Eso implica coordinar alcaldías, empresas, transporte, seguridad y oferta cultural para que toda la región “se vista” de Super Bowl durante varios días de fan zones, festivales y actividades paralelas. Además, la planificación se hace a varios años, con equipos locales que viajan a observar la edición anterior, se sientan con la NFL y recogen aprendizajes en tiempo real antes de asumir el reto como sede. Esta lógica de gestión basada en transferencia de conocimiento y observación directa es algo que muchas ligas y torneos locales aún no aprovechan: se diseñan eventos desde cero cada año, en vez de construir una memoria organizacional que evolucione edición tras edición. Ejemplo aterrizado: una final nacional en Colombia (de fútbol, baloncesto, patinaje o fútbol sala) puede proyectarse como “semana del deporte” de la ciudad anfitriona, integrando agenda cultural, turismo, emprendimiento deportivo y actividades comunitarias, en lugar de quedarse solo en el partido central
La estrategia de experiencia: diseñar cada momento del fan.
Diversos análisis describen el Super Bowl como una “master class en estrategia de experiencia”, donde se piensa el viaje completo del aficionado: compra de boletas, llegada a la ciudad, transporte, ingreso, activaciones, contenido digital y recuerdo postevento. La semana previa se llena de eventos oficiales y no oficiales que permiten que incluso quienes no entran al estadio sientan que hicieron parte del acontecimiento, lo que amplía el valor del evento mucho más allá de las 70 mil personas en las tribunas. Para un gestor deportivo en Colombia, la lección es directa: cada torneo, festival o final debería tener un mapa de experiencia claro, con puntos de contacto diseñados y no dejados al azar (desde la comunicación previa hasta el cierre y las encuestas de satisfacción). No se trata de tener grandes presupuestos, sino de usar la misma lógica: entender al usuario, planear sus momentos clave y alinear voluntarios, operación y aliados a esa experiencia buscada. Ejemplo aterrizado: un instituto de deporte municipal puede diseñar para su torneo interbarrios una experiencia que incluya bienvenida en redes a cada equipo, activaciones de salud y bienestar el día de las finales, contenidos cortos con historias de los barrios y un sencillo formulario digital para medir la satisfacción de participantes y público.
Marcas como socias estratégicas, no solo “patrocinadores”.
La pauta del Super Bowl LX está vendida en su totalidad, con actores como Anheuser‑Busch y otras grandes marcas que usan el evento como plataforma para campañas integradas que combinan TV, streaming y activaciones físicas. Empresas de tecnología, automotrices, alimentos y plataformas digitales diseñan estrategias específicas para el partido: lanzan creatividades nuevas, conectan sus mensajes con la cultura del momento y miden en tiempo real el impacto en conversación y negocio. Esta relación está lejos del modelo tradicional de “pongo el logo y ya”. La NFL y el comité anfitrión articulan paquetes de valor que incluyen visibilidad, experiencias con fans, contenidos digitales y, cada vez más, proyectos con propósito (como campañas sociales y programas de legado). Para la industria del deporte latinoamericana, la oportunidad está en dejar de vender espacios aislados (valla, camiseta, tarima) y pasar a construir propuestas integrales de marca con objetivos y métricas compartidas. Ejemplo aterrizado: un club o liga de ciudad puede ofrecer a una marca local un paquete que combine presencia en uniformes, activaciones con la comunidad (clínicas, festivales), contenidos en redes, derechos de naming de una jornada temática y un informe final con métricas de alcance, participación y percepción.
El Super Bowl LX demuestra que un evento bien gestionado puede trascender el marcador y convertirse en proyecto de ciudad, plataforma de marca y motor de transformación social. La clave está en entender que la estrategia no se limita a la logística del día del juego, sino que abarca años de planificación, coordinación interinstitucional y diseño de experiencia para todos los actores del ecosistema.
Para la industria del deporte en Colombia y Latinoamérica, el gran aprendizaje es que no hace falta tener el presupuesto de la NFL para aplicar estas lógicas: pensar el evento como proyecto integral, construir gobernanza compartida, diseñar experiencias completas para el usuario, trabajar con marcas como socias y no solo como financiadoras, y definir un legado concreto y medible son decisiones de gestión, no de tamaño. Si empezamos a mirar nuestras finales, torneos y ligas con esa mentalidad, quizás no organizaremos un Super Bowl, pero sí podremos construir eventos que dejen huella real en el territorio, en las comunidades y en la sostenibilidad de nuestras organizaciones deportivas.
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